Dos fantasmas (músico e instrumento)


Contrabajista no es sólo el que toca el contrabajo, es también el que lo lustra, el que lo afina y lo entona, es quien carga con la bestia, manda todos al carajo, lo empuja con sus rueditas, en bus, en coche, en avión, Toca para el aduanero un huayno en la frontera que demuestre que no hay droga escondida en el camión.

Es música lo que esconden los pulmones de la bestia.

El contrabajista hace esto por amor a un timbre bajo, desde el día en que escuchó un sonido gutural, allá lejos y hace tiempo: Era emoción ancestral.

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Allí estaba su otro yo. Ese era el contrabajo.

El timbre del contrabajo conquistó al contrabajista, que desde entonces enfrenta un enemigo mayor: taxis maleducados, colectiveros infames, camioneros chantajistas y una doña que pregunta: “¿La flauta no era mejor?”

No era mejor la flauta. Pablo Brie el contrabajista y Roberto el contrabajo, lo saben mejor que nadie. Y quien escribe estas notas puede sólo recordar cuando dos fantasmas (músico e instrumento), aparecieron en la noche bajo la lluvia, salpicados de barro en su hacienda del otro lado del río, en un valle boliviano.

Debo a Pablo Brie las músicas de casi todas mis obras, y repetí en mi dirección, sin darme cuenta, el modo en que las compone. A retazos.

Envío a Pablo una idea de una escena, o un texto, a veces con una música, para que entienda el clima que preciso, y me devuelve en breve tiempo una música provisoria, donde ciertos instrumentos los hace imitándoles el timbre con su boca. Si esa melodía es aprobada por mí, me llegará la versión grabada con músicos de veras.

Así fue mi dirección de esta obra. Durante mis tantos viajes a Buenos Aires, Pablo se aparecía con su contrabajo a cuestas en mi departamentito, o, yo llegaba hasta su casa en Ramos Mejía, donde luego de pelotear un rato con Vicente, su hijo, nos encerrábamos en su estudio (en el que apenas entrábamos) a ensayar Historias Contrabajo.

En cada uno de esos viajes llegaban también fragmentos de textos, anécdotas, que iban hilvanando el andamiaje sobre el cual trepaba y cubría como enredadera la verdadera historia de esta obra: la música.

Los textos (a veces venían de Pablo, a veces los inventaba yo) sufrían el mismo destino, se acortaban, se volvían poema, eran puestos a secar para ocupar menos espacio, y decir sólo una vez, lo que estaba repetido.

Así pasaron tres años hasta que un día me di cuenta, con asombro, y con dolor, que la obra estaba acabada. Nacida de ensayos hechos por el músico sin el director, donde las melodías habían adquirido brillo y sustancia, con textos enviados por internet o entregados en papeles. Y con otros ensayos meticulosos, en los que desmenuzaba cada gesto de Pablo para que las acciones respiraran y fuera creíble todo, y pareciera natural la composición final, poblada de detalles.

Lo extraño fue que nunca tuve la sensación de haber trabajado. Pero sí comprobé con estupor, que tres años atrás había iniciado a ensayar con un músico y ahora estaba saludando para que entrara en la escena, a un actor verdadero.

*Director y co-autor de la obra Historias contrabajo y director de El equlibrista y El paraíso perdido.



Fuente: www.perfil.com

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